Drogas: diversiones y descontroles suicidas

Juan Alberto Yaria

                 Drogas: diversiones y descontroles suicidas

“Toda la guardia está llena de psiquiátricos y alcoholizados, algunos custodiados por policías”. Nora Bar, periodista.

Esta excelente nota que retrata lo que ella llama “noche de guardia” muestra la “inermidad” y la “intemperie” de miles en las grandes ciudades con dolencias psiquiátricas y problemas de descontrol de consumo de sustancias (alcohol y drogas). Incluso las camillas no alcanzan y hay, a veces, dos por camilla y algunos esposados porque han tenido una situación en el espacio público en donde hubo intervención policial y de la Justicia. Conozco esta situación porque a veces recibo en Gradiva varios que parecen “mutilados” de guerra. Algunos, pocos, tienen la suerte de entrar a un sistema terapéutico para tratar sus padecimientos, de lo contrario de pacientes a tratar se convertirán en clientes para un comercio. O pacientes o clientes.

Faltaría que la periodista se conecte con las guardias del SAME que le darían más información sobre lo que Tomás de Aquino llamaría, hoy, las “cloacas de la ciudad”. Verdaderas proezas de rescate se describen para ayudar a personas en situación de deterioro mental y fundamentalmente adictivos. Bastaría recorrer los sitios “Banelco y Link” para encuestar a quienes están ahí reposando de noche y veríamos que un porcentaje alto son “pobres” de esperanza, depresivos severos, descompensados por el alcohol y las drogas que encuentran a la mano incluso muchos con actividad productiva delirante o enfrascados en un soliloquio.

Mientras tanto nos hacemos “gárgaras” de un “progresismo berreta” porque creemos que estamos vaciando los viejos hospicios o denostando a las comunidades terapéuticas de rehabilitación cuando al mismo tiempo pululan por las calles miles de desamparados buscando un reparo necesario pero inexistente.

La guardia hospitalaria cumple con su rol: ayudar en la urgencia toxicológica y citarlo luego de que recupere su lucidez para una entrevista ambulatoria que en el 90 % de los casos no se da por ausencia. A veces ni historia clínica o anamnesis de su vida se realiza; solo intervención toxicológica, ni siquiera psiquiátrica y ni hablemos psicológica y psicoterapéutica. Es un “lavadero” de personas para que vuelvan a consumir o delirar. Estamos generando en masa “crónicos” al consumo.

 

Fiestas de fin de curso

Ya se empiezan a ver en las guardias los frutos de estas fiestas que parecen ser un retrato de un modo de vivir social y de nuestras familias. En muchos casos las fiestas comienzan en las casas en donde se realiza “la previa”. Ahí vemos padres atónitos y pasivos salvo para pagar al “delivery” que trae rápidamente en motos botellas de alcohol de distintas graduaciones y yerbas varias. Se acabó el “chino” de la esquina, ahora te lo traen a las puertas de tu casa en una veloz moto sorteando edades y leyes y con la anuencia de algún adulto. Sitios de Instagram y/o Facebook son el soporte tecnológico de los pedidos.

Muchos padres se justifican diciendo “estar cerca de ellos es mejor” así como otros me dicen “es mejor la plantita de marihuana en casa que ir a comprarla afuera”. Luego de esa transgresión algunos de estos pacientes producían marihuana para vender. El auto-cultivo en ciertas zonas del conurbano fomenta la venta y los micro-emprendimientos juveniles. No hay otra posibilidad ya que cuando cae la Ley paterna y familiar en las casas todo puede suceder.

Padres e hijos parecen ser la consecuencia de generaciones socializadas en diferentes contextos. Los padres unen entre sí pautas del XIX, XX y XXI y los hijos son fruto de la generación de Internet, la caída de los relatos familiares, también de la Generación Química (Q) y con una expulsión incipiente del mercado laboral. Esa brecha es una traba en la comunicación. Todos estamos perplejos.

Mi trabajo cotidiano con adolescentes me permite observar que esta displicencia paterna (el cuidado familiar es el reservorio de una cierta legalidad en la vida de un joven) se compadece en muchos casos con falta de contacto ya desde la niñez o, también falta de información, sobre el mundo de los negocios que se mueve detrás del mundo adolescente. Luego de esta previa vendrá el “boliche”, luego una noche que termina en el día con un sistema sensorial agotado, adormecidos y/o impulsivos y con una “resaca evidente”.

También puede haber peleas entre colegios y los resultados de las golpizas tratan de “sanarse” en las salas de guardia que parecen en muchos casos tratamiento a heridos de guerra.

 

Adolescencia olvidada

Dos datos nos deben llamar la atención:

a. Muy pocas escuelas realizan un plan preventivo de esta epidemia adolescente tanto para los propios alumnos como a los padres. Al contrario se los busca desacreditar a los efectos de “naturalizar” el consumo y banalizar los efectos de los estupefacientes.

b. La pérdida de la alerta temprana y la detección precoz que es usado en todas las dolencias físicas no se realiza con toda la intensidad en las adicciones siendo ésta una enfermedad evolutiva ya que el inicio de consumo se da entre los 12 y 15 años con alcohol, tabaco y marihuana prevalentemente. En Argentina sube la incidencia de la prueba de marihuana en relación a los 12-13 años un 200%(Observatorio de Sedronar).

Desconocer los riesgos de consumir a estas edades por parte de los adultos va desde un descuido, una negligencia o incluso un olvido “criminoso” (tengamos en cuenta que hay muchos padres consumidores) ya que tanto la crisis de identidad adolescente como el propio desarrollo cerebral están en un momento de máxima vulnerabilidad.

En el boliche hay tequila y vodka (alta graduación), GHB (droga que lleva a la pérdida de conciencia con propiedades afrodisiacas y grandemente usadas en ambientes nocturnos), cocaína y todas estas sustancias que son verdaderas “bombas” en el cerebro y en todos los sistemas orgánicos. Si hay “resaca” y depresión orgánica con insomnio tomaremos tranquilizantes. Así comenzará el ciclo obsesivo –compulsivo de las sustancias en cada uno de nosotros. Luego pediremos más.

La suplencia de palabra adulta (escolar y familiar) queda reemplazada por la presencia tecnológica con páginas de consumo y con vendedores que en muchos casos están a las puertas de la escuela. Lo demás es marketing del negocio de las grandes cadenas de venta.

La batalla del marketing sigue el clásico estilo político para tomar el poder: nunca guerra frontal, sino guerra de trincheras utilizando distintas herramientas, algunas ligadas al placer y a la curiosidad, otras mostrando lo “cool” de estas conductas y también la inocuidad de los consumos transitorios.

Creo que la sala de guardia es el único lugar “a la mano” donde se pueden “alojar” estas personas hoy; necesitamos recrear ciudades preventivas, escuelas preventivas y un sistema de alerta temprana y de detección precoz masivo. La acción de los Municipios Saludables de Sedronar iría por ese lado pero es una cuestión de intensidad y alto impacto sanitario lo que hace falta insistir.

Tratemos como nos enseñan los griegos que la vida como drama no se transforme en tragedia. Ahí cuando algo fenece ya nada se puede decir.