Roberto Lavagna en el radar electoral y la visita secreta de Juan Grabois al Papa Francisco

El ex ministro, ¿alternativa del oficialismo en la Provincia? Bergoglio, en alerta para el proyecto de aborto.

Roberto Lavagna en el radar electoral y la visita secreta de Juan Grabois al Papa Francisco

La hora del reparto o cómo la plata aplaca cualquier conflicto

En política, arte del acuerdo, no del conflicto como creen los ingenuos, la contraparte de la pelea es la paz que la sigue. Cuando todo parecía roto entre el peronismo y la oposición, avanzaron las últimas horas hacia un acuerdo, en las alturas del Congreso. Allí se disputan los asuntos más serios en un virtual empate del sistema político. Senado con mayoría apabullante del oficialismo; Diputados descuenta con una diferencia tan finita que obliga al oficialismo a negociar casi todo. Esta vez el acuerdo es para renovar el protocolo de sesiones mixtas hasta fin de noviembre, cuando terminan las sesiones ordinarias. La paz surge del reconocimiento del oficialismo de la principal condición opositora: que se asegure, a pedido de parte, plena presencialidad para temas orgánicos. Son tres: presupuesto, impuesto a los recontra ricos y nueva fórmula de actualización de las jubilaciones.

El trato queda asegurado después de negociaciones ríspidas entre los caciques de Juntos por el Cambio con Sergio Massa. Mario Negri como jefe del interbloque fatigó el zoom en reuniones de mesa del bloque, para cerrar este capítulo, que les permite a todos los diputados que lo pidan, estar presentes en las sesiones. Massa busca la forma de que esas sesiones se hagan en el palacio del Congreso. Le costó más al PRO la discusión del protocolo, porque había legisladores que ponían condiciones más duras, algunos hasta poner presencia obligatoria. Cristian Ritondo impuso el criterio de la prórroga sin cambios, como mejor remedio. El emisario de esa fuerza fue Álvaro González, quien hizo un concilio off shore con Massa. Ocurrió en un aparte del almuerzo que les ofreció a los dos como autoridades de la cámara el embajador del Uruguay Carlos Enciso. Era una situación protocolar, pero les sirvió a Sergio y a Álvaro estar en territorio extranjero para clausurar las inquinas.


La oposición hace reclamos en nombre de todos los gobernadores

El acuerdo convive con reclamos más enojosos sobre el proyecto de presupuesto 2021 y que siguen abiertos hasta este martes, cuando la comisión respectiva espera dar dictamen al proyecto, que irá la semana que viene al recinto, o a donde se realice esa sesión con presencialidad plena. Son reclamos a los que le pone rabia la oposición, pero que comparten todos los gobernadores. Negri, Ritondo y Maxi Ferraro –jefes de los bloques de JxC– junto a Álvaro González y Alfredo Cornejo –vicepresidentes de la cámara–, discutieron con Massa, Carlos Heller, Silvina Batakis y Raúl Rigo –en representación de jefatura de Gabinete y de Hacienda–; y del otro lado del zoom, los cuatro gobernadores de Juntos por el Cambio y los expertos en finanzas Luciano Laspina y Luis Pastori.

Ocurrió entre miércoles y jueves, para plantearle al Gobierno un pliego de reclamos que debe responder en las próximas horas. La Casa Rosada quiere un voto unánime al presupuesto, como una señal a los mercados y al FMI, del mismo significado que tuvieron las dos leyes “Guzmán" de diciembre y enero, Emergencia y Renegociación de la deuda, que contaron con el voto opositor. El pedido de los gobernadores es que se les facilite el repago de la deuda, con el Fondo de Garantía Sustentable, que está en proceso de renegociación ahora en el Senado. Esa deuda en total suma unos 100 mil millones de pesos, y el pago ahoga a las provincias.

El expediente es que se emita un bono a 7 años a una tasa no mayor al 15%. Ahora les aplican la tasa Badlar, que duplica los intereses (hoy en 33%). También se negocia la suspensión de la prohibición para que las provincias emitan bonos con actualización. Esta inhibición está en los artículos de la ley de Convertibilidad –7° y 10°, que vetan cualquier indexación–, un legado cavallista que se resiste a morir. Si no hay actualización es imposible emitir un bono. Puede entrar, no en el presupuesto sino en otra ley, que tiene que salir antes de fin de año: la renovación de la suspensión del Consenso Fiscal, que vence el 31 de diciembre.

El paquete es más amplio, como para quitarle el sueño de Guzmán con cuestiones que para una mente contable "más son para olvidados que para referidos" como dice Pérez Galdós de las cuitas amorosas, y plantea que:

1) Un 1% de la recaudación del impuesto País –el 30% al dólar tarjeta– sea coparticipable.

2) Las provincias tengan una autorización automática para endeudarse en pesos y con legislación local (no pueden hacerlo por la ley de Responsabilidad Financiera).

3) Se subsidie al transporte en las provincias con el mismo mimo que se aplica al AMBA.

4) Se reponga el Fondo Federal Solidario (FOFESO), que derivaba un 30% de las retenciones a las exportaciones de la soja a obras de infraestructura locales. Lo había creado Cristina en 2009, lo volteó Macri en 2018, a cambio de una ayuda que logró frenar una sesión de Diputados, que le hubiera impedido ese recorte.

Patinazos de la historia que surgen de la cavilosa táctica de la Nación –con éste y otros gobiernos– de enfrentar a los gobernadores con los jubilados, en la pelea por la manta corta en el reparto de los impuestos. Cierra ese pliego la infaltable lista anexa al presupuesto de todos los años, con las obras que reclaman gobernadores e intendentes del todo el país.


Lavagna en el radar

Los movimientos públicos y privados del peronismo están dirigidos a un objetivo principal, las elecciones legislativas del año que viene. La provincia de Buenos Aires es el territorio decisivo porque es el único que puede proveer la diferencia que busca mejorar el peronismo para sumar por lo menos 10 diputados, que le permitan tener quórum propio en esa cámara. Es la manera de destrabar la situación de equilibro que lo obliga a negociar todo con la oposición. El peronismo domina ampliamente el Senado, pero no tiene 2/3 de los votos para hacer avanzar los proyectos orgánicos y en Diputados la oposición le condiciona la forma y fondo de las leyes. A un partido débil por la falta de liderazgo, y que además no tiene cultura de concertación, todo le cuesta muchísimo. Y más en un país que camina por el desfiladero de la pandemia y la crisis financiera.

Esa diferencia la puede descontar el oficialismo con un triunfo importante en Buenos Aires, distrito que elige muchos diputados, a diferencia de la mayoría de las provincias, que elige pocos y ya está muy repartido todo. La oposición también concentrará la pelea en Buenos Aires, con una lista que, en el mejor de los casos, puede llevar a tres de sus estrellas a la cabeza: María Eugenia Vidal, Elisa Carrió, Miguel Angel Pichetto. Si para algo necesita Alberto Fernández a Roberto Lavagna es para encabezar una lista de diputados nacionales en Buenos Aires, más que como ministro.

El nombre de Lavagna es mágico para muchos políticos. Algunos creen que es peronista, pero fue traído al gabinete de Eduardo Duhalde en 2002 por Raúl Alfonsín, y la UCR lo llevó en 2007 de candidato presidencial contra Cristina de Kirchner, con Gerardo Morales de vice (salieron terceros con el 16,91%, frente a Cristina-Cobos con el 45,29% y Carrió-Giustiniani con el 23,04%). Antes, en 2003, Daniel Scioli lo convenció a Néstor Kirchner de que debía anunciar que Lavagna sería el ministro de Economía si ganaban. Fue un gran anabólico para su chance electoral. Igual perdieron con 22,25% contra Menem-Romero con 24,45%. Volvió varias veces a Olivos y Kirchner lo soñó alguna vez como candidato para enfrentarlo a Mauricio Macri en la Ciudad. El “Chueco” Mazzón –intermediario de ese proyecto– nunca logró convencerlo.

El análisis que originó la fórmula

Parte de este reordenamiento es el brote fernandista de Roberto Lavagna. El tuit del día de la diversidad llamó a la unidad de la fórmula presidencial. "Lo mejor que nos puede ocurrir es que la fórmula presidencial se mantenga unida, pero dentro del concepto de 'alcanza para ganar, pero no para gobernar'". Nada cambió desde hace 10 meses como para olvidarse de esta parte del análisis que originó la fórmula. Esta expresión lo muestra como conocedor fino del “análisis” que originó la fórmula de unidad que él propició cuando ayudó, primero que ningún otro, al desmantelamiento de la mesa de los 4 que integraban Juan Schiaretti, Massa, Pichetto y Juan Manuel Urtubey como alternativa al peronismo cristinista.

Esa mesa entró en picada cuando él se negó a figurar en la foto si no le ofrecían la candidatura a presidente. Señaló a Massa, que era su aliado, como quien quería llevarlo a unas PASO para la fórmula presidencial que lo haría perder, como ocurrió con José Manuel de la Sota en 2015. Esa mesa estalló en mayo en 2019 cuando Schiaretti logró la reelección a gobernador, y alzó la bandera del peronismo “republicano” que enarbola hoy Pichetto desde la oposición. En menos de una semana, los Fernández anunciaban su candidatura juntos. Hasta esa fecha Guillermo Nielsen, principal vocero político de Lavagna, había fatigado reuniones aquí y en Europa, con la posibilidad de una fórmula Lavagna-Pichetto.


La ilusión del salto de Scioli

El gesto de Lavagna fue un pulmotor para la cúpula presidencial, que pudo responder a esa trama resbaladiza de opinadores militantes que sueñan con el salto de Alberto hacia afuera del peronismo. Replica la postura de un sector de la oposición que asume que Alberto no es Cristina, y que tampoco es Massa. Es una lectura no peronista del peronismo, que abundó mucho en la última década, cuando propios y extraños pedían el “salto de Scioli”. ¿Hacia dónde? ¿Qué fuerza o proyecto podía darle lo que ya tenía en el peronismo formal? Nunca saltó. Más aún, cuando estuvo más cerca que nunca de un acuerdo con Massa y Macri, fue él quien dinamitó ese puente. Sucedió antes del cierre de listas para las legislativas de 2013, cuando dejó a Macri sin candidatos en Buenos Aires y debieron embozarse en las listas de Massa.

El paseo de Massa y de Alberto por el espacio exterior los dejó sin oxígeno y debieron volver a la nave madre. La prosperidad de Cambiemos nació de la división del peronismo. Y la del peronismo, de su reunificación. Difícil, ilusorio, que ahora que ganaron se vayan a dividir. La fantasía del cautiverio de Alberto por Cristina es un “wishful thinking” (como llaman los cursis a una expresión de deseo) sin asidero. Son diferentes pero los amalgama la ambición de poder más legítima. Se pelearon antes y pueden volver a hacerlo. ¿Cuándo? No cuando se lo pida la oposición ni los opinadores. Ocurrirá cuando en algunos de los tres que mandan allá arriba –Alberto Cristina, Massa– brote el instinto homicida que late en los políticos.

Es parte del instinto de supervivencia de los más aptos de ese oficio, en quienes rige la lección de Scorsese en “El irlandés”: el que te cuida es el que te va a matar.. Es consustancial a la política. El concepto "alcanza para ganar, pero no para gobernar" es también viscoso, porque está afirmando que lo que hay no alcanza para gobernar. ¿Qué le falta? ¿Acaso que Lavagna sea ministro? Esta aparición del exministro fue sorpresiva para sus propios seguidores en el Congreso, que esperan que les dé alguna pista sobre qué quiso decir.

Quienes hurgan entre líneas, encuentran precuelas de esta afirmación lavagnista en el diálogo que publicó el sitio "El cohete a la luna", el pasado domingo 11. "¿Qué opina Roberto Lavagna de esto?", le preguntó Horacio Verbitsky a Alberto. Respuesta: "Cree que es muy importante que Cristina y yo estemos muy unidos. Me lo dijo expresamente, con un análisis muy parecido al que estamos haciendo". Los suspicaces llegan a creer que como se trata de una entrevista de género militante, el entrevistado, Alberto, pudo sugerirle al entrevistador que le preguntase por la opinión de Lavagna. Una presunción que agravia a los contertulios en su dignidad profesional. Es lo que creen algunos lavagnistas enojados por esa reaparición táctica, que relacionan con alguna oferta para sumarlo al gabinete o a una función electoral.


Señales del más allá

Lavagna no es clerical ni milita en el papismo peronista, tan presente hoy en Olivos. Pero ha tenido experiencias clave de su trayectoria con el papa Bergoglio. En mayo de 2003, cuando era ministro de Economía, logró a través del entonces obispo que la Iglesia no se retirase del Dialogo Argentino, aquella mesa multisectorial que instauró el duhaldismo en 2001. Jorge Casaretto, titular de la Pastoral Social, había amenazado con hacerlo si no terminaba el clientelismo. Lavagna le pidió, y Bergoglio logró que eso no ocurriese después de hablar con el obispo de San Isidro. Si se va la Iglesia, todo va a empeorar, dijo el ministro en una visita discreta al arzobispado.

En agosto de aquel año Bergoglio auspició la presencia de Lavagna en el coloquio de Rimini, Italia, de la organización Comunione e Liberazione. El ministro pudo explicar en ese foro, al que asistieron autoridades del gobierno italiano, la situación económica del país. El default había dejado un tendal de víctimas, bonistas italianos a quienes les convenía decirles algo. En setiembre de 2005, Lavagna presentó junto a Bergoglio un libro de Guzmán Carriquiri, mentor del Papa que había sido gerente, junto al profesor Aldo Carreras –alto confidente por esas cimas celestiales–, de aquel viaje a Rimini. Ese día dinamitó los puentes con los Kirchner porque faltó a un acto de campaña de Cristina de Kirchner, candidata a senadora, previsto para la misma hora que la cita con el obispo. Habría prometido desentenderse de la campaña porque en julio ella había escarnecido a Eduardo Duhalde como "El padrino”.

Un mes antes, agosto, Lavagna había denunciado la cartelización de la obra pública, primera punta de lo que después fue la causa de los cuadernos. En noviembre, después de las elecciones, renunció al cargo. Sin ser amigo, es como si lo fueran. Importante para alguien cercano a un gobierno que esta semana promete relanzar el proyecto de despenalización del aborto, algo que le cae grueso al Papa. Ya está al tanto porque recibió hace pocos días a Juan Grabois en el Vaticano, en lacradísimo encuentro.


El drama de las estrecheces legislativas

Las estrecheces legislativas someten al oficialismo a sofocones que revelan su falta de muñeca para aplicar la ventaja electoral en resultados legislativos. Ocurrió en la última sesión. Oficialismo y oposición habían acordado un proyecto de ley que les da ventaja a los fabricantes de vacunas para no pagar impuestos, litigar en tribunales del extranjero, y darles indemnidad a las farmacéuticas ante eventuales juicios por defectos en el producto (paga el Estado, no el privado). Es una manera de asegurar que la Argentina tenga provisión de ese remedio para la peste que reclaman los laboratorios de todo el mundo. Aprovechan que se invirtió el negocio: antes ellos trataban de meterles las vacunas a los gobiernos, ahora son estos los que les reclaman sus productos.

La votación en general de esta vía para un "fast track" –que les faciliten los costos y las achiquen las responsabilidades– fue con sobrante de votos, 230 a 11, con 8 abstenciones. Pero en particular, la oposición planteó diferencias en dos artículos, porque la norma no preveía algunos controles institucionales. Eso provocó una abstención generalizada y los artículos 8 y 9 del proyecto fueron votados con apenas 127 votos –dos menos que el número necesario para el quórum, 19 en contra y 97 abstenciones–. No le bastó al oficialismo, para evitar ese recorte, acceder a los pedidos de la oposición: que los particulares que litiguen contra los laboratorios puedan hacerlo acá y no en Nueva York; que los fabricantes alivien el acceso a la confidencialidad, ni que sometan todo al análisis de la Auditoría General de la Nación. La abstención se negoció con cuidado quirúrgico por parte de la oposición, de manera que la ley saliera, pero que quedase en claro que ellos no aprobaban que el ANMAT fuera eludido para la autorización del nuevo producto –hará solo una registración– y que tampoco acordaban en la vía rápida.

La abstención amortiguó el intento de rechazo, que desbarataron los gobernadores de Cambiemos, entre ellos Horacio Rodríguez Larreta, que manda en uno de los distritos en donde el bicho más ha golpeado, no sea que quedasen afuera del reparto futuro de vacunas. Igual la oposición sometió al oficialismo al rigor legislativo, porque no había habido debate suficiente. Les dieron la ley, pero con un chirlo. Un simbolismo por el que sangra Máximo Kirchner cuando se queja de Juntos por el Cambio, con la letanía "Nos quieren condicionar y somos el gobierno".