¿Por qué los fanáticos del futbol perdonan los pecados de sus ídolos?

Transeúntes en Roma pasean frente a una publicidad de una marca de ropa interior cuya imagen es Cristiano Ronaldo, días después de que se reabriera una investigación a causa de las acusaciones de la exmodelo Kathryn Mayorga.

¿Por qué los fanáticos del futbol perdonan los pecados de sus ídolos?
Alberto Pizzoli/Agence France-Presse -- Getty Images

En el Coliseo de la prensa deportiva, Cristiano Ronaldo es uno de los gladiadores más aclamados: un atleta portentoso que adora exhibir sus músculos y se ha vuelto uno de los favoritos para poner en cualquier portada y vender el ideal que fascina a los aficionados. Pero, sobre todo, fascina a los editores —antes aficionados—, esos “emperadores” que deciden quién vive y quién no en las portadas de deportes.

Los medios especializados en deportes se debaten entre el trabajo puntual de los géneros periodísticos y la pauta que marca el entretenimiento. Bajo el paraguas de la farándula, cualquier excusa sirve para seguir adorando a sus ídolos y engrandecer la enorme maquinaria de mercadeo de los atletas.

Notas sobre sus vacaciones, cortes de pelo, alimentación y otros asuntos que no necesariamente están relacionados con el rendimiento deportivo encuentran cabida en diversas plataformas especializadas en deporte. Sin embargo, cuando se trata de abuso de sustancias prohibidas o dopaje, evasión fiscal, comportamientos al margen de la ley o casos de violación o violencia de género, un largo silencio reina entre los medios deportivos.

La reciente entrega del Balón de Oro,en la que Ronaldo terminó segundo en las votaciones – detrás de su excompañero de equipo, el croata Luka Modrić–, no ha sido la excepción. Ni la prensa ni el gremio futbolístico cuestionaron la nominación y el posible reconocimiento a una persona acusada de violación y evasión de impuestos. Pero sí se cuestionó a la primera mujer en ganar el Balón de Oro, la noruega Ada Hegerberg. Lo primero que se le consultó al recibir su histórico galardón fue que si sabía hacer twerking. Es imposible no sentir rabia junto con la tricampeona de la Liga de Campeones y compartir su reacción ante tal falta de respeto.

El semanario alemán Der Spiegel reportó hace más de un año una denuncia de violación en contra de Cristiano Ronaldo, en aquel momento jugador del Real Madrid y rey del Coliseo mediático.

Los diarios deportivos en España prácticamente no hablaron del tema y las referencias al respecto daban más la sensación de haber salido de una publicación de noticias del corazón que de un seguimiento serio. Relacionaban el mal desempeño del jugador o del equipo con las acusaciones en su contra, abriendo una especie de paraguas que permitía hablar de lo que, cuando conviene, parece ser el único interés de los medios deportivos: el rendimiento de los jugadores, criterio que, irónicamente, se aplica pocas veces a la rama femenil.

Marco Bertorello/Agence France-Presse — Getty Images

Sin embargo, la presión de grupos de activistas, el movimiento #MeToo más las denuncias realizadas previamente por parte de Football Leaks, así como el seguimiento del grupo de investigación encabezado por el semanario Der Spiegel, hicieron que la noticia fuera demasiado grande como para ser ignorada.

Ante esta situación el portugués decidió echar a andar su propia y poderosa maquinaria encabezada por abogados que llevan meses amenazando a Der Spiegel con demandas –que no han concretado– y decidió usar un arma que parece ser más influyente en la era digital: sus cuentas en redes sociales.

Con 143 millones de seguidores en Instagram, 120 millones en Facebook y 75 millones en Twitter, el portugués no se ve en la necesidad de acudir a ningún medio a ofrecer una exclusiva para aclarar su postura ni a ser entrevistado para hablar del tema. Basta con una publicación redactada por su equipo (o por él, aunque esto parece poco probable) para sortear cualquier pregunta incómoda y que la prensa deportiva reproduzca sus palabras como una noticia, dejando a un lado una investigación periodística realizada a lo largo de meses y sustentada con documentos, algunos de los cuales llevan la firma de Cristiano Ronaldo.

Alessandro di Marco/ANSA vía Associated Press

Eduardo Galeano decía que el futbol es la única religión que no tiene ateos y en este caso, para creer, al feligrés le basta únicamente con la palabra del ídolo.

A la Juventus de Turín le fueron suficientes las palabras del delantero para publicar dos tuits que decían: “Cristiano Ronaldo ha mostrado gran profesionalismo y dedicación en los últimos meses, lo cual es apreciado por todo el mundo en la Juventus. Los eventos que presuntamente sucedieron hace diez años no modifican esta opinión que comparte cualquier persona que haya entrado en contacto con este gran campeón”. Cuando ni siquiera su empleador exige rendición de cuentas parece que el caso está ya decidido incluso antes de llegar a juicio.

El argumento de Cristiano Ronaldo, y de muchos hombres poderosos involucrados en este tipo de casos, es que la víctima quiere ganar dinero a sus costillas. Interesante declaración para alguien que ha evadido más de 17 millones de euros en impuestos y que entiende perfectamente su poder: según se reveló, el futbolista llegó con Kathryn Mayorga a un acuerdo de 375.000 dólares para silenciarla, con una prohibición incluso para hablar del tema en las citas con su terapeuta.

Mayorga, quien recién se atrevió a desafiar el acuerdo que ella misma firmó para salir a la luz pública, aclara que temía enfrentarse al poderoso magnate y jugador, por lo que pensó que sería mejor aceptar el acuerdo extrajudicial. Estas declaraciones son gasolina pura para la hoguera a la que se condena a las víctimas y la especulación en torno al presunto enriquecimiento de las mismas.

Cristiano Ronaldo no cuenta únicamente con el poder de su dinero, de su maquinaria legal y de relaciones públicas, sino también con la articulación mediática de todos sus admiradores y las plataformas que viven del negocio que significan sus titulares y partidos.

A todo ello habría que sumarle la maquinaria más importante de todas, aquella que nos ha enseñado a dudar sistemáticamente de las mujeres durante siglos. “Tiene a tantas mujeres a sus pies que no necesita violar a ninguna”, ha exclamado más de uno de los defensores del futbolista en espacios virtuales y físicos, como si el ser atractivo y poderoso eliminase el potencial violento de una persona acostumbrada a hacer lo que le plazca.

Estamos tan acostumbrados a la impunidad de los hombres poderosos en la esfera pública que es comprensible que las víctimas tengan miedo a denunciar. Después de todo, hay un largo camino para que a los ricos y famosos se les declare culpables sin importar la cantidad de pruebas que existan en su contra. Mientras tanto, ellos siguen gozando del aplauso, el reconocimiento y la prosperidad de siempre y las víctimas se encuentran súbitamente bajo el intenso escrutinio público. El mensaje para las mujeres es claro: es mejor llegar a un acuerdo o guardar silencio que denunciar a un hombre poderoso.

¿Cómo hacerle frente a una figura de talla mundial que tiene más credibilidad y alcance que algunos de los políticos más poderosos? No corresponde ni a las víctimas ni a los fanáticos del deporte la carga de la prueba. La laguna que separa el acercamiento periodístico y la industria del entretenimiento en la prensa deportiva es tan dañina como clara y se encuentra tan cercana a nuestras narices que para muchos es más cómodo verla borrosa.

Mientras tanto las víctimas anónimas optan por la oscuridad y un mísero arreglo para no hacerle frente a la turba violenta del Coliseo, que grita enardecida a la espera de la próxima escena del ídolo sin camiseta.