Nueva York teme el regreso de los viejos malos tiempos por el rebrote de tiroteos

Nueva York teme el regreso de los viejos malos tiempos por el rebrote de tiroteos

Las aceras de Manhattan parecían esta semana un gran bazar.

Última semana de julio. Cambio de mes y el largo rastro de la mudanza hacia otro destino.

Tal vez es el testimonio de neoyorquinos que se suman a la diáspora provocada por el coronavirus. Se calcula que cerca de 500.000 han dejado la metrópoli, asustados por el patógeno, o en busca de más espacio por menos precio gracias a la implantación del trabajo en remoto.

O tal vez sólo se trasladan a otro barrio, atraídos por una supuesta rebaja en los precios del alquiler debido al incremento de los apartamentos vacíos.

“Esta es una ciudad muy diferente”, señala Kenneth T. Jackson, recién jubilado como profesor de historia en la Universidad Columbia y editor The Encyclopedia of New York City .

“Nueva York se basa en la falta de distancia social, gente muy cerca una de otra, extremadamente, en edificios altos de oficinas y rascacielos residenciales, algo inusual. Es un estilo diferente de vida, de 24 horas los siete días, sin un pacto cultural sobre cuándo debemos ir de vacaciones o almorzar. Y ahora centenares de miles se han ido. La cuestión es saber qué pasará en otoño. Nadie lo sabe todavía”, subraya.

En sólo 24 horas se registraron 15 tiroteos, con el resultado de siete muertos, más otro por navajazos

“Preveo que continuará así hasta que haya una vacuna y los ciudadanos recuperan la confianza de meterse en el metro, en el ascensor, vayan a los teatros. Y esto no sucederá hasta el próximo año. Llevará más tiempo que en otros lugares”, remata.

Inventario de las aceras: colchones –muchos y en buen estado–, sofás, estanterías, cajoneras, mesas, neveras, pantallas de televisión, aspiradoras, lámparas. Se exhibían todo estos objetos y más, amontonados y abandonados a su suerte. Jornada tras jornada se observaba esa estampa en el Upper West Side, en su paralelo al lado este, en el Lower East Side, en el Village, en Tribeca.

En ruta por todos esos lugares surgía de inmediato en la memoria la figura de Nelson Molina, el trabajador del Departamento de Saneamiento que a lo largo de su carrera se dedicó a rescatar cosas de las que se desprendían los lugareños. El total de su recolección supera las 50.000 piezas.

Retirado en el 2015, en su cuartel de la calle 99 siguen manteniendo lo que Molina denominó “tesoros en la basura”. Es un museo secreto, sólo visitable con cita.

“Me das tres meses en esta ciudad y te monto el mobiliario de un piso de dos habitaciones”, comentó en una conversación.

Esto lo dijo un tiempo antes de que hubiera noticias de la Covid-19. Hoy lo tendría más fácil para cumplir con ese reto.

Los homicidios han subido un 29% este año, 217 en este 2020 por 116 en el mismo periodo del 2019

Los trastos abandonados son el testimonio de la nueva realidad de la Gran Manzana.

Esta huida de residentes no deja de ser la proyección de una alargada sombra del pasado.

La metrópoli experimentó una evasión ciudadana relevante entre los decenios de los setenta y principios de los noventa. En aquella ocasión se produjo una recesión que puso a la ciudad al borde de la bancarrota por su crisis financiera, la epidemia del crack y la violencia rampante.

Todo lo que se quemó en aquellos viejo malos tiempos, como se les llama, se reconstruyó y se transformó en caros apartamentos que atrajeron a personas con recursos y desplazaron a los residentes habituales. Los gentrificados. A más dinero, más despliegue policial. La criminalidad bajó a cifras récord –289 homicidios en el 2018, 300 en el 2019–, muy lejos de los 2.262 de 1990.

Cuando empezó el cierre a mediados de marzo para mitigar la expansión de la enfermedad, Nueva York entró en una especie de ensoñación. Durante varias semanas, en especial en abril, a diario se registraban casi 1.000 muertos por el contagio. La ciudad era la zona cero mundial en cuanto a la propagación y la cantidad de defunciones, mientras que la delincuencia desapareció.

Una vez que se mejoró en lo sanitario y se empezó a abrir la ciudad, la criminalidad rebrotó. Y los hizo con una fuerza ya olvidada. Los tiroteos –en especial en Brooklyn y algo menos en el Bronx– y los fallecidos rompieron las estadísticas.

Pese a todo, los malos viejos tiempos aún están lejos: en 1990 se alcanzó la cima con 2.262 muertes violentas

Basta con centrarse en lo que ocurrió el pasado domingo. Hubo 15 tiroteos, Murieron siete personas en el margen de 24 horas. La octava cayó ese mismo día a navajazos.

Es un ejemplo del incremento en el uso de armas de fuego como no se había visto en décadas. La tendencia no muestra signos de contención. El jefe de la policía, Dermot Shea, avisa de que va a haber más balas y más sangre. “Nos llevará tiempo controlar poner bajo control esta violencia”, reitera. Hasta ese 26 de julio se contabilizaron 745 tiroteos, un incremento del 73% respecto al mismo periodo del 2019, con 431. Los homicidios han subido un 29%, de 116 el pasado año a 227, incluido un niño de un año que recibió un impacto de bala en su carrito durante una cena familiar.

La violencia en Nueva York acostumbra a ir al alza en verano. Pero los expertos matizan que este 2020 la criminalidad resulta brutal porque la pandemia y la fatiga del confinamiento han exacerbado los problemas socioeconómicos que contribuyen al recurso de las pistolas.

El temor de regresar al infierno de hace 40 años se repite a menudo en los medios y en las charlas de los neoyorquinos de largo recorrido. El alcalde Bill de Blasio reitera que “no estamos volviendo a los viejos malos tiempos”. Según él, “esto es una tormenta perfecta donde hemos visto mucho trastorno, dolor, frustración y, en medio de eso, ni siquiera tenemos las cosas normales de las que disponemos para poder detener la violencia, como un sistema judicial en funcionamiento”.

Si el alcalde atribuye la mayor parte de la responsabilidad a que los juzgados van a medio gas por el coronavirus, otros replican que esa teoría no se apoya en los datos. Esas voces atribuyen en parte el rebrote de tiroteos a la inhibición de los uniformados, resentidos por las manifestaciones contra la brutalidad policial.

“No creo que volvamos a los malos tiempos”, replica el profesor Jackson. “No pienso que tengamos un alcalde efectivo y hay unos chicos jóvenes que parecen no temer llevar armas. Pero la ciudad es muy diferente, la población ha cambiado, es mucho más rica, los trabajos son menos industriales y más de clase media”, remarca.

Esta semana las aceras eran un bazar de cosas abandonadas, de colchones a lámparas, prueba de la diáspora

La excepcionalidad –museos, teatros, salas de música todavía cerrados– y esa sensación de declive, por temporal que sea, es más que palpable en el Midtown, esa parte de Manhattan que incluye Times Square. A diferencia de los barrios, esta otra zona es la imagen de la desolación.

La mayoría de las oficinas están cerradas, hay pocas gente, escasos restaurantes en servicio. Deambulan los sinhogar. Resulta fácil ver a plena luz como alguien se inyecta heroína. Todo crepuscular. La ausencia de turistas –hasta la catedral de San Patricio sufre para sobrevivir– ha dejado al desnudo las miserias de la opulencia.

Hay otras estampas que describen la transformación. El aire acondicionado ya forma parte de la idiosincrasia estadounidense. En un ensayo publicado en The New Yorker en 1998, Arthur Miller (1915-2005), recordó la época anterior a su existencia, cuando la gente sacaba los colchones a la calle, no para tirarlos sino buscando el fresco de la noche.

“La ciudad en el verano flotaba en un aturdimiento que movía a las personas sensatas a repetir el descerebrado saludo: ‘¿Lo suficiente caluroso para ti?’. Era como el chiste antes de la fusión del mundo en un charco de sudor”.

Los cálculos indican que cerca de 500.000 residentes se han ido de la Gran Manzana por el coronavirus

En una ciudad donde los bares y los restaurantes ofrecían la refrigeración frente al calor exterior, las terrazas no eran precisamente un bien preciado. Había pocas y, en su mayoría, poco cuidadas. La crisis sanitaria ha originado que esos establecimientos tengan prohibido ofrecer atención en el interior. Así que de pronto ha habido un despliegue de terrazas, que les han quitado a los coches plazas de aparcamiento.

El asunto empezó con la colocación de unas mesas y ha ido a más, hasta el extremo de poner recintos de madera con despliegues florales e iluminación. Algunos trechos de calles se asemejan a ciudades costeras.

Esas ganas por salir confirman al profesor Jackson que Nueva York se rehará, como ya hizo tras los atentados del 2001. “La ciudad resulta atractiva, en especial para la gente joven, que no va a cambiar y quiere socializar”, indica.

Y añade que la Gran Manzana seguirán siendo el segundo hogar de todos. “Nueva York es un experimento para acoger gente del mundo entero en un área delimitada y que no estalle. Pakistaníes e Indios, que allá se odian, aquí enterraron el hacha y comparten vida en Queens”.