Engañosa estrategia política: la ambición es el pecado original

Para muchos, la ambición de los demás es perjudicial y digna de persecución, mientras que la propia, desinteresada y al servicio del "pueblo", es necesaria

Asier Morales Rasquín

Engañosa estrategia política: la ambición es el pecado original
La ambición no lleva al asesinato, como no lo hace la rabia, la envidia o los celos. (Foto: Flickr)

La hipocresía es un género particular de mentira, podríamos describirla como la falsedad política por excelencia que busca transmitir una imagen falsa para alcanzar ciertos objetivos. El ejemplo de caricatura es el puritano que se queja públicamente de la indecencia moral de los demás (habitualmente sexual) mientras protagoniza tal indecencia en privado.

No es casual que el ejemplo paradigmático haga referencia a temáticas sexuales. La represión ha sido motivo de intenso y profundo debate, cuando menos, desde la era victoriana, cuyo arraigado carácter hipócrita sirvió de caldo de cultivo para la fundación del psicoanálisis y una parte de la psiquiatría moderna.

Pero no es así.

El chivo expiatorio: la ambición

En la misma medida en la que abrazan y cultivan la envidia, los socialistas tradicionales persiguen la ambición material, especialmente, económica; por solo revisar la más vistosa de las varias vías de deformación psicológica impuesta por esta ideología. Es lícito desear estar bien, pero no demasiado y, sobre todo, no muy visiblemente.

Todos los males humanos emanan, desde las hipótesis de los socialistas más acérrimos, de la ambición de un grupo de ricos glotones a los que nadie ha detenido. En la medida en la que alguien se parezca a ellos, deseando bienestar material, es el demonio, en la medida en la que los batalle, mientras limita las expectativas personales de comodidad económica, es un santo.

Así, como si de pornografía en el siglo XIX se tratase, la ambición está bastante mal vista para la cosmovisión progresista contemporánea. Hay pocas maneras lícitas de exponer el deseo por bienestar, comodidad o lujo, sin excitar un océano de sensibilidades mal entendidas, ofendiendo la estructura de pecados capitales del credo socialista.

El tema da para mucho, pero me interesa enfocar lo victoriano e hipócrita de esta actitud. «Puedes desear estar mejor, pero no te pases» dirían demasiados, derrochando absurdo. ¿Cuánto es pasarse? ¿Cuánto no ofende tus sensibilidades o envidias? ¿Cuánto sería suficiente para no ofender ninguna sensibilidad o envidia existente?

Un sedimento eclesiástico en el socialismo

Si en la búsqueda de la satisfacción de sus propias ambiciones materiales, alguien asesina, daña o roba, estamos de acuerdo en que esa acción (no la emoción que le sustenta) ha sido desmesurada y debe ser castigada, reprendida y limitada. Esta distinción ha sido incomprendida demasiadas veces. Asumimos incorrectamente que si una experiencia afectiva acompaña un crimen, corresponde proscribir la emoción, como si tal cosa fuese posible. Nos obligamos a torcerla hasta que se ajuste a lo que “debe ser”, porque no debemos sentir ciertas cosas. Una línea argumental que describiría perfectamente a los inquisidores.

La ambición no lleva al asesinato, como no lo hace la rabia, la envidia o los celos. Todos hemos sentido esas experiencias y, aún así, seguramente ninguno de mis lectores se haya dejado guiar por ellas hasta el punto de ejercitar violencia criminal o, al menos, eso espero. Es la persona quien decide, no su emoción.

Para demasiados, la ambición de los demás es perjudicial y digna de persecución, mientras que la propia, desinteresada y al servicio del «pueblo», es necesaria. Si casualmente produce privilegios, no es más que el resultado de ocupar un cargo de ciertas características.